jueves, 7 de diciembre de 2006

Este es un cuento del sabio Ghazali...


Erase una vez un califa de Bagdad que quería hacer decorar las paredes del salón de honor de su palacio. Hizo venir a dos artistas, uno de Oriente y otro de Occidente. El primero era un celebre pintor chino que nunca había dejado su provincia. El segundo, griego, había visitado todas las naciones, y aparentemente hablaba todos los idiomas. No era tan solo un pintor. Esta igualmente versado en astronomía, física, química y arquitectura. El califa les explico su intención y confió a cada uno una pared del salón de honor.

-Cuando hayáis terminado-dijo- se reunirá la corte con gran pompa. Examinara y comparara vuestras obras, y la que sea considerada la mas bella le valdrá a su autor una enorme recompensa.

Después, volviéndose hacia el griego, le pregunto cuanto tiempo tardaría para terminar el fresco. Y misteriosamente, el griego respondió. Cuando mi cofrade chino haya terminado, yo habré terminado.

Entonces el califa interrogo al chino, que pidió un plazo de tres meses.

-Bien- dijo el Sultán- Haré dividir la habitación en dos con cortinas oscuras a fin de que no os molestéis mutuamente, y volveremos a vernos dentro de tres meses.

Pasaron los tres meses y el califa convoco a ambos pintores. Se volvió hacia el griego y le pregunto: ¿Has terminado? Y misteriosamente, el griego respondió: Si mi cofrade chino ha terminado, yo he terminado. Entonces el Califa interrogo a su vez al chino, que respondió: He terminado.

La corte se reunió dos días después, y se dirigió en pleno hacia el salón de honor con el fin de juzgar y comparar ambas obras. Era un magnifico cortejo en que se veían vestidos bordados, penachos de plumas, joyas de oro, armas cinceladas. Todo e mundo se reunió primero del lado de la pared pintada por el chino.

Que grito de admiración. El fresco presentaba un jardín de sueño plantado con árboles en flor, con pequeños lagos en forma de alubia cruzados por graciosas pasarelas. Una visión paradisíaca de la que los ojos no se cansaban nunca. Era tan grande el encantamiento que algunos querían que se declarase al chino vencedor del concurso, sin siquiera echarle un vistazo a la obra del griego.

Pero enseguida el Califa ordeno correr la cortina que separaba la habitación en dos, y la multitud se volvió. La multitud se volvió y dejo escapar una exclamación de maravillado estupor,

¿Qué había hecho el griego, pues? No había pintado nada en absoluto. Se habia contentado con colocar un amplio espejo que comenzaba en el suelo y subía hasta el techo. Y por supuesto aquel espejo reflejaba el jardín del chino en sus mas mínimos detalles.

Pero entonces te preguntaras ¿en que era más bella y emotiva que su modelo aquella imagen? Pues en que en el jardín del chino estaba desierto y vació de habitantes, mientras que en el jardín del griego se veía una magnifica multitud con vestidos bordados, penachos de plumas, joyas de oro y armas cinceladas. Y toda aquella gente se movía, gesticulaba y se reconocía con regocijo.

Por unanimidad, el griego fue declarado vencedor del concurso.

No hay comentarios: