martes, 5 de diciembre de 2006

MIS ENCUENTROS CON ELOISA

La primera vez que Eloisa apareció por el

Café del club Social de Saladillo Provincia de Buenos Aires,

Llegó fingiendo la voz de una vieja de pueblo y

Preguntándome qué tal se había dado la cosecha. La seguí inmediatamente

El aire adoptando el papel de Intendente y durante un buen

Rato divagamos sobre asuntos aldeanos. Luego, como el camarero

Esperase órdenes de ella, le pregunté:

- ¿Vas a tomar café o prefieres café?

- No sé... El café no me gusta mucho; y el café tampoco...

- Entonces, ¿por qué no tomas café?

- Pues mira, sí... Es una idea. Tomaré café.

¿Cayetano? Dirigiéndose al camarero un viejecillo de setenta y seis años, vivaracho, flaco, seco, de color de cuero viejo, arrugado como un pergamino al fuego, y el conjunto de su persona recordaba, sin que se supiera a punto fijo por qué, la silueta de un buitre de tamaño natural; aunque, según otros, más se parecía a una urraca, o a un tordo encogido y despeluznado.

¡¡Tráigame usted café!!

-Tengo un problema Eloisa.

-Pues ¿cual es hombre?

Tengo que carpillonar la traca del establo. Ademas necesito troneldar la pregonera porque tiene el crucerito roto.

Y seguí hablando y hablando.

Eloisa me escuchaba atentamente mirándome a los ojos, y, al acabar,

Exclamó:

—Bueno, pero todo eso será capelayando el angudibrio, claro.

—Sí, claro; el angudibrio y el parfulio, pero en remogosas.

— ¡No me digas!

Me saludo y se fue

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