La primera vez que Eloisa apareció por el
Café del club Social de Saladillo Provincia de Buenos Aires,
Llegó fingiendo la voz de una vieja de pueblo y
Preguntándome qué tal se había dado la cosecha. La seguí inmediatamente
El aire adoptando el papel de Intendente y durante un buen
Rato divagamos sobre asuntos aldeanos. Luego, como el camarero
Esperase órdenes de ella, le pregunté:
- ¿Vas a tomar café o prefieres café?
- No sé... El café no me gusta mucho; y el café tampoco...
- Entonces, ¿por qué no tomas café?
- Pues mira, sí... Es una idea. Tomaré café.
¿Cayetano? Dirigiéndose al camarero un viejecillo de setenta y seis años, vivaracho, flaco, seco, de color de cuero viejo, arrugado como un pergamino al fuego, y el conjunto de su persona recordaba, sin que se supiera a punto fijo por qué, la silueta de un buitre de tamaño natural; aunque, según otros, más se parecía a una urraca, o a un tordo encogido y despeluznado.
-Tengo un problema Eloisa.
-Pues ¿cual es hombre?
Tengo que carpillonar la traca del establo. Ademas necesito troneldar la pregonera porque tiene el crucerito roto.
Y seguí hablando y hablando.
Exclamó:
—Bueno, pero todo eso será capelayando el angudibrio, claro.
—Sí, claro; el angudibrio y el parfulio, pero en remogosas.
— ¡No me digas!
Me saludo y se fue

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