miércoles, 6 de diciembre de 2006

UN LARGO TIEMPO DE CASADOS

El rugido de un trueno estremeció con fuerza los ventanales de la habitación matrimonial, afuera el temporal se había desatado con furia, mientras Eugenio se revolvía inquieto en su cama matrimonial con imágenes y pensamientos que lo atormentaban esa noche.

A su lado dormía plácidamente Mónica, su esposa, cuya irritabilidad y agresividad había convertido la convivencia en una tormenta tan agitada como la que se vivía en el exterior de su casa.

En una de sus vueltas y revueltas buscando una posición más cómoda para conciliar nuevamente el sueño, Eugenio la empujó casualmente y ella despertó de peor humor que al acostarse y le espetó:

- ¿Qué te pasa depravado, ahora me quieres violar dormida?

- No, Mónica, no tengo interés en hacer obras benéficas esta noche...

Ella haciendo caso omiso del sarcasmo de su marido, inició su habitual monserga:

- Eugenio, entiende que aquí tenemos nuestro propio muro de Berlín...

- Así parece y no tengo autorización para pasar al sector oeste...

- Tu pasaporte caducó hace ya mucho tiempo...

La relación entre ambos cónyuges era mala, el ambiente era cada vez más irrespirable, las peleas diarias se iniciaban por cualquier detalle insignificante, si él llegaba tarde a la casa era recibido con un dardo envenenado:

- ¡Mira a la hora que llegas, pero esta vez te fregaste porque no hay comida para ti...!

Eugenio que estaba cansado y aburrido de las discusiones estériles, mansamente iba a la cocina a prepararse un sándwich y un café, regresando a su habitación con una bandeja. Ella que ya estaba acostada, apenas lo veía aparecer se levantaba como una cobra dispuesta al ataque.

- Eugenio, no vengas aquí a llenarme de migas, para eso está el comedor...

Nada de lo que hacía le gustaba, a pesar de ser ella una profesional de la medicina, se comportaba como una niña malcriada, con una falta de respeto evidente hacia él y su carácter agrio era el denominador común de este último tiempo.

Antes ella era una mujer divertida, apasionada, de gran inteligencia y ahora sólo quedaba ese resentimiento que le demostraba en todas sus actitudes, y nadie creería que su matrimonio fue considerado hasta hacía poco, como un modelo por sus amigos y parientes.

Mónica, a pesar de sus treinta y ocho años mantenía intacta esa belleza que lo había deslumbrado de joven. Ella se preocupaba de su figura haciendo lo necesario para mantenerse bien, pero si él hacía un comentario sobre lo bonita que estaba, su aguzada lengua replicaba con fiereza:

- No me vengas con insinuaciones raras, para eso tienes a tus amiguitas, descárgate con ellas, a mí me basta con haberte dado 2 hijos y ahora la fábrica está cerrada...

- Córtala con tu majadería, ¿de qué amiguitas me hablas...?

- No sé, tú lo sabes mejor que yo, pero a mí no me usarás para saciar tus fantasías eróticas...

Eugenio recordaba que cuando ella regresó de un congreso médico en Brasil, lo encontró en el living de su casa conversando con una amiga de la universidad que venía a invitarlo para la comida anual de curso. Esta escena fue el detonante para una persecución fantasmal a un imaginario harem de amiguitas fáciles que lo acosaban y seducían.

Su paranoia se disparó cuando la joven empleada que tenían, le comentó ingenuamente a Mónica, que le fascinaban los hombres con ojos claros como los de su patrón.

- ¡Eugenio, esto es lo último, eres el adonis de las chinas del barrio!

Cuando Mónica atendía una llamada telefónica y al otro lado de la línea se escuchaba una voz femenina, lo llamaba a gritos con el auricular levantado:

- ¡Eugenio, te llama una de tus amiguitas, apúrate no la hagas esperar...!

La mujer que llamaba podía ser la secretaria de una empresa, una vendedora de seguros o una cobradora, pero para Mónica todas estaban en la categoría de amigas fáciles, de chulas de lo último, de tipas buenas para la cama.

Esta escena se repetía diariamente con distintas variantes, ella siempre lo acusaba de algo, sea cierto o imaginario. Desde aquel encuentro, Eugenio se convirtió para ella en una versión sensualizada del flautista de Hamelin, que provocaba una irresistible atracción hacia esas promiscuas ratas de alcantarilla, queriendo dejar clara la diferencia con una auténtica señora, y sentía una profunda aversión hacia él.

Eugenio la quería a pesar de su show circense diario, aunque no lograba captar por qué había cambiado tan abruptamente convirtiéndose ahora en su implacable enemiga.

El día de su cumpleaños pasó por el centro médico donde trabajaba para invitarla a almorzar a algún lugar especial, pero al preguntar por ella, una secretaria nueva que no lo conocía, le respondió:

- Salió a almorzar hace un rato, pero la doctora debe estar por regresar, nunca se tarda más de una hora...

Eugenio decidió esperarla para invitarla a cenar, sentándose frente a un ventanal que daba directo sobre el estacionamiento. Su mente divagaba sobre una eventual reconciliación que podría iniciarse esa noche después de comida, cuando la secretaria lo interrumpió:

- Señor, ahí viene llegando la doctora...

A través del ventanal vio a Mónica bajarse de un auto rojo acompañada de una amiga, ambas parecían divertirse, se reían de algún comentario y al llegar al edificio se abrazaron por la cintura, mientras continuaban conversando animadamente.

Mónica palideció ante la sorpresa de encontrarlo allí, se deshizo del abrazo de su amiga y muy turbada le dijo:

- Eugenio, te presento a mi amiga brasileña, la doctora María Mercedes de Souza...

La amiga lo miró displicente y en vez de saludarlo, le preguntó a Mónica en forma cortante:

- ¿Quién es este señor, acaso le conoces...?

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